Observando la Tierra

Cuando entré en su casa me acordé de Neil Armstrong. Aunque no era el primero en pisar aquel territorio, por allí ya habían pasado muchos hombres, me sentía como el astronauta que llega por primera vez a pisar la Luna.

 

Conseguí flotar por la ingravidez de su largo pasillo, ayudándome a impulsar agarrándome a los marcos de las puertas y a un pequeño mueble que había en la entrada, conseguí llegar hasta el comedor.

 

La casa era como el Apolo XIII. Allí dentro se notaba, en todo momento, el calor provocado por las llamas de los motores. Después de conseguir atarnos con cinturones en su sofá nos tomamos unas cervezas y nos fumamos alguna substancia ilegal que nos hizo llegar un poco más lejos.

 

La conversación subió de tono y pusimos el piloto automático. Ignorando los avisos que nos llegaban desde la estación espacial, ubicada obviamente en Houston, nos besamos. Después de dejarnos llevar por la pasión conseguí clavar mi bandera y proclamarme conquistador de aquel planeta.

 

Por un momento me quedé a solas, y aproveché para mirar por la ventana. Se veía el mundo muy extraño y muy lejano, como si quedara situado a años luz de donde estábamos.

 

Cuentan que Armstrong jamás se recuperó de aquel viaje. Que una parte de él, se quedó siempre en la Luna. Imagino que dejó de contemplarla por las noches. Exactamente igual que hago yo cuando paso por su calle.

 

Todavía tengo miedo de mirar aquella ventana y verme, a mí mismo, observando la Tierra. Porque al igual que todos los astronautas del Apolo XIII, los dos sabemos que todo fue un montaje.