Besar ranas

Hace un tiempo descubrí que antes de encontrar la princesa de tu vida, primero hay que besar ranas. Últimamente se había apoderado de mi una extraña sensación de ir con prisas. Demasiadas horas dedicadas al trabajo y a los estudios, menguando el valioso tiempo que quería invertir en besar ranas.

 

La historia empieza una tarde de domingo en un recóndito lugar, desconocido para los dos, de una gran capital europea. La excusa, no pasar las vacaciones sólos, disimulando las enormes ganas que teníamos de conocernos.

 

Y allí me encontraba yo, paseando por aquellas calles rodeadas de un encanto especial, abrazado a una bella dama. Hacía mucho tiempo que no recordaba esa sensación de paz, casi tanto como que no me abrazaba nadie., que no me daban la mano para pasear.

 

Nos conocimos coincidiendo casualmente en una fiesta. Allí fue donde donde un tatuaje, formado por una frase en inglés inacabada desde mi punto de vista, captó mi atención. Las letras se deslizaban suavemente recorriendo su clavícula izquierda creando arte, digno de ser expuesto en el museo del Louvre al loado de la pequeña “Gioconda”.

 

La misma casualidad hizo que, de forma premeditada, quedáramos una noche para tomar unas cervezas. Reconozco que el primer beso que surgió, no me dejó aquel regusto a rana.

 

Con los días pude llegar a aflojar los tornillos de su armadura. Llevaba una coraza gruesa y abollada, dejándome ver las marcas de los duros golpes que le había dado la vida. Debajo de ella un corazón noble y bondadoso con algunas cicatrices de amores efímeros, de los que das mucho más de lo que recibes a cambio. Ojos verdes al amanecer pero marrones al atardecer. Pelo negro azabache. Sonrisa picarona acompañada de inocentes pecas. Apariencia de chica dura y fuerte contrarrestada por la suavidad de su piel.

 

Puede que seas la princesa que tanto había buscado. Puede que hayas aparecido en el momento perfecto. Puede que de aquí surja algo que podamos bautizar con un nombre. Puede que el fuerte viento que te acompaña, ahuyente las tormentas que me envuelven los días más grises.

 

O puede que te acabes convirtiendo en rana. Puede que hayas aparecido en el peor momento de mi vida y aún no lo sepas. Puede que tu fuerte viento provoque tormentas eléctricas.

 

Pero hoy, viviré sin pensar en el mañana, cogido de tu mano, saboreando esa sensación de paz, sin regusto a rana, paseando por París. Hacía mucho tiempo que nadie me abrazaba.