VIEJAS PAREDES

Todo empieza en un extraño bar. Situado en algún lugar escondido de una gran ciudad. Una pequeña barra en la parte superior decorada con botellas de vino antiguas, de esas que mi paladar es incapaz de comprender su valor exacto. En la parte inferior el comedor. Formado por unas ocho mesas, de madera vieja, se puede decir que se trata de un sitio exclusivo. Las paredes repintadas y en algunas zonas agrietadas reflejan la antigüedad del edificio. En el ambiente se respira el típico olor a taberna, compuesto por amigos que buscan un sitio económico donde cenar o tomar algo, o parejas que buscan escaparse de las multitudes.

Desde una posición privilegiada, situada en la parte inferior del establecimiento empiezo a observar disimuladamente a la gente que tengo a mi alrededor. Lo reconozco, soy curioso. Focalizo mi atención en una pareja que están sentados en la mesa del fondo, en aquella que hemos preferido no elegir cuando el camarero nos ha ofrecido diferentes opciones.

Ella, una bella princesa de cuento de hadas que desentona en aquel recóndito lugar. Más pendiente del teléfono móvil que de su acompañante. Auténtico reflejo, aunque involuntario, de nuestra sociedad actual. Él, apariencia de chico de barrio, con tatuajes y metal por todo el cuerpo, concentrado en que poder pedir para cenar. Mientras miro como lee y relee la carta me pregunto: ¿Cuánto tiempo llevan sin hablar entre ellos? ¿Se habrán dicho alguna cosa desde que están sentados en la mesa? ¿Cuánto tiempo llevan sin mirarse? ¿Cómo han podido llegar a esa situación? ¿Cómo se puede vivir así?

Supongo que la comodidad y la monotonía les había llevado al punto en el que se encuentran, aunque creo que ellos no son conscientes de la mentira que están viviendo. Si cayeran las viejas paredes del bar encima de uno de ellos, probablemente el otro lloraría, pero no tardaría mucho en rehacer su vida con otra persona que avivara la llama de un fuego que ya no quema. Creo que las respuestas a todas estas preguntas se perdieron hace mucho tiempo en un naufragio.

Se abre la puerta del bar. Me doy cuenta que se puede abrir y cerrar por los dos lados. Aparece ella. La luz propia que desprendía deslumbró al local en décimas de segundo, captando la atención de muchas miradas, incluida la mía. Pelo oscuro, visualmente negro a la luz de la luna. Sonrisa contagiosa digna de los mejores colegios de pago. Vinilos que captan la atención a simple vista, dignos de los mejores coches de competición. Alguna pequeña marca situada entre la parte superior del labio y la nariz, mostrando un reciente resfriado. Vestido oscuro y escotado acompañado de muchas pulseras en sus brazos.

Se para el tiempo mientras baja las escaleras al son de sus botas altas de tacón pisando la madera. Me recuerda a alguna escena sensual de alguna película francesa. Clava sus ojos en mí. La miro de reojo. No quiero estropear su momento. Se me acerca por detrás. Mientras desliza suavemente sus manos por mis costillas y me da un abrazo tierno, me susurra algo al oído. Por culpa del ruido que hacen las señoras de la mesa de al lado no consigo descifrar su mensaje. Me sonríe. Se me contagia. Se sienta en la silla de enfrente y empieza a mirar su teléfono móvil. Me invade una sensación de felicidad absoluta. Me quedo unos minutos en el limbo rememorando la escena.

Pero de repente, noto como una fina pero afilada daga se me clava en la espalda. Justo en la inserción del trapecio con la escápula. Me giro y veo que un hombre nos está mirando fijamente. Al cruzar nuestras miradas cede y baja la suya. Creo que hace tiempo que nos observa. Puede ser que también se pregunte: ¿Cuánto tiempo llevan sin hablar entre ellos? ¿Se habrán dicho alguna cosa desde que están sentados en la mesa? ¿Cuánto tiempo llevan sin mirarse? ¿Cómo han podido llegar a esa situación? ¿Cómo se puede vivir así?  

Me levanto de golpe como si un calambre recorriera mi espina dorsal. Me acerco a ella. Con mi mano derecha tapo la pantalla, captando su atención.

Y la beso.

Le doy un beso prolongando, muy prolongado, esperando que no caigan las viejas paredes de este bar encima de nosotros.