Genes de astronauta

Hacía un día de ensueño, de estos que no te apetece encerrarte en casa. Incluso el invierno había decidido tomarse un respiro, dejando a un radiante Sol, al más puro estilo voyeur, observarnos por encima de nuestras cabezas.

Salí a la calle con la chaqueta debajo del brazo. Aunque estuviéramos en el mes de diciembre, me sobraba la ropa. Decido pasar por aquella tienda tan pequeña que hay al lado de mi casa, dónde puedes encontrar de todo sin necesidad que los dueños sean chinos. Y compro un par de cervezas bien frías, amargas y de cristal obviamente, cómo a mi me gustan.

Llego a mi lugar secreto. Me descalzo y me tumbo boca arriba. Voy dando tragos mientras miro el cielo despejado. De repente visualizo una nave espacial del mismo color que te sueles pintar los labios. Supongo que eres tú intentando cambiar de planeta. La trayectoria del cohete es firme, aunque parece que lleve sobrepeso. Demasiadas dudas para llegar a tu destino.

Me concentro y observo que no sigues ningunas coordenadas. Probablemente hace tiempo que has perdido el rumbo, que no te ves capacitada de clavar la bandera y proclamarte conquistadora de alguna estrella, de esas que, para ti, ya no brillan.

Mientras te veo alejarte, sin poder hacer nada, comprendo que siempre he creído que tengo genes de astronauta. Soy capaz de aguantar el aire en mis pulmones cuando supero la atmósfera. De hacer grandes piruetas cuando mi cuerpo ya no nota tu gravedad. De recorrer tu espalda y descubrir que si trazo una línea entre tus lunares descifro una nueva constelación, situada en algún lugar inalcanzable para el hombre, más lejos de Arquímedes. Mis motores están llenos de combustible, mi escafandra llena de oxígeno y mi consciencia tranquila.

Se ha echo tarde. Se apaga el Sol y empieza a hacer frío. Me pongo la chaqueta y me doy cuenta que ya he perdido el rastro que habías dejado al atravesar el cielo. Vuelvo a casa decidido a que esta vez es definitiva. Asumo que te has ido para siempre. Pero me tumbo en la cama, a mi lado de siempre, esperando que el otro lo llenes algún día.