Las cosas que nunca te dije

Todo empezó una noche de un viernes cualquiera. Una cena con amigos, en la que corrió más alcohol de lo debido y con la predisposición absoluta de quemar el hoy como si no hubiera un mañana.

Me dijiste que nunca estaríamos juntos, que la atracción que sentíamos no podría romper tu columna vertebral. Asiento que decías la verdad. Pero aquella noche, poseída por las ganas de diversión, decidiste dejar olvidada la cordura en algún cajón de tu habitación.

Aunque ya nos habíamos cruzado un par de veces, intercambiando algún que otro aviso con parpadeos de luces largas, puedo confirmar que aquella noche tuvimos un siniestro. La prisa que corría por nuestras venas, conjuntada con las ganas de escapar de nuestras vidas monótonas y aburridas, hicieron que pisáramos el acelerador un poco más de lo debido. Nuestra velocidad atrajo las miradas de todo el mundo, llegamos a hacer saltar los radares de la personas más despechadas. Y pasó lo inevitable, colisión frontal. Por un momento me puse en la piel de Kurt Rusell conduciendo aquel Mustang en una peli de Tarantino. Estoy convencido, aunque se tratara tan sólo de un instante, que llegaste a notar la sensación de volar por los aires. Esa sensación a la que yo siempre he llamado libertad. Nos pasamos toda la noche hablando, contándonos nuestras vidas, hasta llegar a visualizar la salida del Sol.

Pero el amanecer del día siguiente, nos recordó que ya no era ayer sino mañana. Tu monstruoso miedo pudo ganar la batalla a tu pobre sentimiento del amor, haciéndote arrepentirte de todo lo que había sucedido. Yo, desnutrido e indefenso, como un ciervo que acaba de pisar una trampa de cazador, no me atreví a contarte lo que sentía.

El destino se encargó de poner las cosas en su lugar. Pero después de pasar unos meses pensando en que pudo salir mal, en que errores pudimos haber cometido, comprendí que el mío no era estar junto a ella. Y dejé de añorarla. Empecé a verla en las fotografías como aquellos paisajes de ensueño que salen en las revistas de viajeros, aquellos que solo están al alcance de unos pocos, aquellos que es mejor olvidar que un día los puedes llegar a pisar. 

Pero hoy te he vuelto a ver y he notado en tu mirada, que revivías cada instante de aquella noche fugaz. Pero por mucho que te diga lo que llegué a sentir ya es demasiado tarde. Soy y fui cobarde. Que por muchos “te quiero” que te diga ahora, ninguno va a tener el efecto que hubiera tenido de habértelo dicho cuando tuve la oportunidad.

Porque aunque hay milagros que pueden suceder un viernes cualquiera y marcarte para toda la vida, las cosas que nunca te dije son aquellas que mas necesitaba que escucharas.