Mentiras consentidas II

Desperté de golpe, había perdido la noción del tiempo. Intenté marcharme sin hacer ruido, para no despertarte, sin despedirme. De repente te diste la vuelta haciéndote la dormida, probablemente solo eludiste la responsabilidad de darme un beso de “hasta luego”, de esos que yo nunca he sabido como dar.

Y escapé de madrugada. En esa hora del amanecer en que es demasiado tarde para el amor, a la vez que es demasiado temprano para el deseo.