Llegar tarde

Diluviaba por las calles de Manresa. Yo, poco abrigado, corría por ellas, como si pudiera esquivar la lluvia adquiriendo velocidad. Mientras notaba las gotas heladas golpeándome con fuerza contra mi rostro, gritando: “la estas volviendo a cagar, cabrón”, pensaba en que tipo de excusa tenía que inventarme para poder salir impune de esta situación.

Pero en la espalda llevaba una mochila, la cual ralentizaba mis zancadas. Dentro llevaba todos los errores cometidos en un tiempo pasado, los cuales aún perturbaban, de vez en cuando, tus pensamientos. Aunque quedáramos en aquel lugar donde empezó todo y nuestra relación colgara de un fino hilo, difícil de ver a simple vista por el ojo humano, volvía a llegar tarde. Te prometo que no quería volver a decepcionarte.

Cansada de perseguir a tu propia sombra, de subir cuando yo caía y de no encontrar dónde habíamos guardado las llaves de nuestros corazones, decidiste jugártelo todo al azar. Probablemente lanzaste una moneda al aire, si salía cara esperarías cinco minutos más, si salía cruz te marcharías sin volver a verme.

Llegué al punto pactado e ya no estabas. Cuando has llegado tarde tantas veces y has defraudado todo lo que podías defraudar, ya no hay marcha atrás. Me di cuenta que había metido la pata hasta el fondo, que definitivamente habíamos tocado fondo. Allí empezaron las acusaciones, los pretextos, los regates sin tocar balón y las llamadas a deshora distanciadas en el tiempo. En aquel preciso momento comprendí que la única forma de arreglar las cosas era que todo lo malo nunca hubiera sucedido.

Después de unos días sin saber nada de ti, hoy me han llegado voces. Me he enterado que duermes en otra cama que no es la mía con otro hombre que no soy yo. Y como no, he empezado a quererte más que nunca.