Escapando de nuestras vidas

Después de coger derrapando la última curva de la carretera de Vic, a más de 150 quilómetros por hora, conseguimos coger una ligera ventaja respeto a la policía. El ruido estremecedor que hicieron las ruedas cuando giré el volante de golpe, acompañado por las chispas que saltaban al asfalto, el espeso humo negro y el fuerte olor a neumático quemado hicieron que fuéramos, por un instante, el centro de atención de toda la ciudad.

Y pasamos a fondo por el medio de aquel mercado que siempre ponen los martes en el barrio donde viven mis padres. Por suerte no atropellamos a nadie. Por el retrovisor puede ver como chocaban dos coches de policía entre ellos. Me recordó una escena de "Bad Boys II". Sin querer habíamos provocado muchos desperfectos y daños colaterales. Supongo que cuando huyes a toda prisa se trata de algo inevitable.

Entre el ruído de las sirenas, los chillidos, los insultos y los comerciantes intentando vender sus productos conseguimos despistar a la policía. Paramos en aquel descampado donde tenía previsto hacer el cambio de vehículo y me besaste por primera vez. Apuesto a que el subidón de adrenalina te llevó a hacerlo. Por un instante me hiciste olvidar toda la mierda que arrastrábamos detrás. Me gustó demasiado.

En la guantera, tal y como habíamos acordado con nuestro contacto, estaban los pasaportes falsos que nos iban a permitir escapar del país. Pero todo estaba muy revuelto, había controles en todas las autopistas, entradas de ciudades, estaciones de tren … Así que decidimos pasar un par de noches en un viejo motel, situado en una carretera nacional cercana a un bosque.

Acordamos olvidar el pasado, convertirnos en dos personas nuevas. Me afeité la barba y tu te teñiste el pelo de color rubio platino. Prometiste cuidar de mí y relamer mis cicatrices cada noche. Yo te prometí que una vez terminara todo serías feliz.

Y allí estamos, durmiendo entre la tranquilidad de la naturaleza. Pero a media noche me despierto de golpe, sudoroso y con el corazón latiendo demasiado rápido. Como si se tratara de un sentido arácnido noto como un escalofrío me recorre el cuerpo. Algo va mal. Corro suavemente la cortina de la habitación y veo coches de policía rodeando el edificio. Me gritas un silencio a la cara y entonces comprendo tu culpabilidad. Supongo que no pudiste soportar la presión y nos habías delatado. No te culpo por no poder olvidar tu pasado.

Te amordazo y te ato de pies y manos. De esta forma, cuando se abran las puertas, pensaran que eras mi rehén y te eximiré de tus delitos. Tu no entiendes nada, me miras llorando, con cara de miedo. Consigo saltar por la ventana de atrás y mientras me escabullo por la maleza del bosque escucho un voz, amplificada por un megáfono, que dice:

“¡Estáis rodeados! Rendiros, salid con las manos en alto y no va a suceder nada.”