La sirena que no sabía cantar

La conocí una noche de verano en un pequeño puerto costero del cual no recuerdo su nombre. Se trataba de una noche tan calurosa que no te encontrabas a nadie en la calle, la mayoría de las personas buscaban refugio en los locales que servían bebidas con hielo y disponían de aire acondicionado.

Allí la vi por primera vez. En el fondo de aquel antro, llamado el “canto de las Sirenas”, ahogando sus penas en cerveza. El culo de su vaso le susurró una historia de un hombre derrotado que aún le quedaban ganas de ganar. Y aparecí yo.

Tenía los ojos más bonitos que jamás haya visto pero niebla en la mirada. Sonrisa picarona pero algo descafeinada. Un cuerpo exuberante pero incapaz de derretir el hielo que corría por sus venas. Un corazón enorme y a la vez desdichado, marcado por puñaladas de amores traicioneros. Una voz dulce y harmónica, pero no sabía cantar. 

Como si algo me llamara hacia ella, acepté sucumbir a sus encantos y decidí sentarme a su lado. Me contó que era una sirena y que vivía en el fondo de aquel mar. Cansada de engañar marineros que habían perdido su norte, de dejar el corazón en muchas almohadas y de escribir canciones que no podía cantar, decidió declararse en huelga de amor.

La pude convencer de que no somos la mitad de nada, que las medias naranjas no existen, que la felicidad es efímera y que estaba perdiendo el tiempo buscando el amor de su vida. Que se dedicara a disfrutarla y este lo encontraría a ella. Lo conseguí. Sus miedos desaparecieron y aprendió a cantar. Aquella noche, su dulce voz me cautivó desde el primer instante. Llegamos a querernos bastante, a pasar largas horas abrazados en la cama, a ver atardeceres juntos y a besarnos en todas las plazas del pueblo.

Pero sin darnos cuenta, con el tiempo llegó la rutina, y ésta cogida de la mano a la monotonía. Las risas se transformaron en llantos, las alegrías en penas y los cielos estrellados en noches de tormenta. Quemamos todos los versos, todas las estrofas y todos los poemas. Nos fuimos perdiendo el uno al otro y nos convertimos en desconocidos. Desapareció la palabra “nosotros” y empezamos a hablar de nuestros sentimientos desde un lugar remoto, situado lejos de nuestros corazones.

Y volviste a tu tan preciado mar, del que nunca deberías haber escapado. Aunque me dejaste escamas en el corazón y cicatrices en el alma, decidí volar en otras camas, vivir nuevas aventuras y buscar nuevos cuentos que contar. En aquel momento descubrí que por muchos encantos que tuvieras de sirena, jamás volverías a cantar como lo hiciste aquella noche.