Huir de tus tormentas

Aquel día llovía a cántaros. Hacía muchos años que no recordaba una tormenta tan fuerte, por suerte había trabajado por la mañana, no tenía ningún plan y decidí pasar la tarde del sábado en casa. La lluvia golpeaba con fuerza los cristales que había limpiado, como no, hacía un par de días. El viento hacía un ruido abrumador, a ratos me recordaba al rugido de un león, gritando como si pidiera permiso para entrar en casa y resguardarse.

De repente irrumpió en el silencio un trueno descomunal y acto seguido sonó el timbre. Me asusté. No tenía previsto ninguna visita aquella tarde. Me levanté del sofá, fui hacia la puerta a hurtadillas, sin que nadie pudiera notar mi presencia desde el otro lado.

Me asomé por la mirilla y vi que eras tu. Empapada de arriba a abajo. El pelo, muy mojado, te cubría parte de la cara, como si te hubiera lamido una vaca la cabeza. Llevabas una camisa blanca desbotonada por la parte de abajo. El chaparrón había jugado a mi favor, pegándola a tu cuerpo como si formara parte de él, mostrando el final de la película sin dejar nada que ocultar a mi imaginación. Pantalón tejano arrapado y unas botas altas que llegaban por debajo de tus rodillas. A tu mano izquierda un paraguas, obviamente roto.

Mis ojos nunca te habían visto tan sexy. Te vi más peligrosa que una tormenta eléctrica pero no dudé ni un segundo en abrirte la puerta. Entraste como un rayo. Me besaste antes de que pudiera pronunciar una sola palabra. Se perdió la señal de televisión, se fue la luz y se te acabó la batería del móvil. Me tumbaste en la cama y me arrollaste como un ciclón. Dentro de aquella habitación vivimos maremotos, huracanes y tsunamis. 

Horas después me despertaste. El día se había aclarado. Un imponente Sol, como un ladrón, entró por la ventana. Era como si los Dioses se hubieran rendido al ver que habíamos superado su Apocalipsis. Pero poco a poco, fue llegando una espesa niebla a tu cabeza, empezaste a sentirte culpable por lo que había pasado. Me golpeaste como el granizo a los coches con frases como: “Esto no ha ocurrido”. “¿Qué vamos a hacer ahora?” “¿Con que cara llego yo a mi casa?” y con una última frase lapidaria: “Nunca jamás volveré a verte”.

Y te fuiste como un vendaval. Llegué a la conclusión que huías de la tormenta de tu vida, pero cuando empezaste a deshelarte, se derritieron tus polos y te diste cuenta que ya era demasiado tarde para parar el cambio climático.

Intenté olvidarte rápido y pasar página, pero reconozco que es imposible. Cada vez que veo las noticias y miro la previsión del tiempo, me acuerdo de ti.