Una historia al revés

Todo ha cambiado mucho desde aquel entonces. Probablemente los viejos panaderos murierion hace años. Los chinos se han apoderado del barrio. Substituyeron el bar y la barbería por sus negocios. Construyeron edificios en aquel parque donde matábamos los veranos. Pepi, ya no trabaja en el supermercado. Y aunque hoy te haga un pequeño homenaje, quiero que sepas, que también quedaron obsoletas las personas que fuimos durante aquella noche.

Terminé diciéndole que había sido todo un mal entendido. No volveríamos a vernos, no la iba a llamar jamás y por supuesto, disimularía cada vez que nos cruzáramos por la calle.

Subimos juntos de la mano. Me besó antes de entrar a mi habitación. Se sorprendió al ver todos los pósteres de los ídolos futbolísticos de mi infancia. Entre las imágenes de Stoichkov, Ronaldo o Koeman celebrando goles, hicimos el amor.

Me dijo que tenía pareja.

Llegó al punto pactado. Entre la barbería tradicional y el bar donde ahogaban las penas los náufragos del barrio.

Era una noche muy fría. Con las manos en los bolsillos y la cremallera de mi anorak tocándome la nariz, esperé delante de aquella vieja puerta metálica. Mi amigo me había dejado sano y salvo en la calle, delante de mi portal. Nunca le conté que lo de irnos pronto al acabar el concierto debido a mi cansancio era una mentira. Una trama premeditada y ejecutada a la perfección, digna de las mejores películas de Tarantino.

Decidí ir a saludarla. Hablemos aproximadamente durante … Perdí la noción del tiempo. De fondo sonaba “Un día en el parque” de Love of Lesbian. La música y la tremenda conexión que existía entre nosotros nos hizo dudar en varias ocasiones de besarnos. Las miradas punzantes de nuestros amigos, los cuales habíamos abandonado como repudiados, perturbaron nuestras decisiones.

En aquella época estaba permitido fumar en los locales nocturnos. Entre el humo de los cigarros, reflejados por las luces de los focos, se cruzaron nuestras miradas.

Hacía tiempo que te había echado el ojo, sabía que eramos vecinos, no sé si cercanos o lejanos, pero vivíamos en el mismo barrio. No habíamos estudiado en el mismo colegio, pero si que habíamos coincidido, en numerosas ocasiones, en la panadería de aquellos ancianos tan simpáticos, en el supermercado de Pepi o en aquel viejo parque situado al lado de los huertos de nuestros abuelos.

Tenía dieciocho años. Era la primera vez que iba a aquella sala de conciertos. No había escuchado nunca a ese grupo, pero mis amigos me habían hablado maravillas sobre ellos. Decidí que si me gustaban compraría el “cd” cuando cobrara mi mensualidad de aquel colegio donde trabajaba, tres tardes por semana, realizando extraescolares.

Y así empezó todo. Con mi madre saliendo por la puerta y diciéndome estas palabras. Por primera vez en muchos años mis padres decidieron irse un fin de semana y dejarme sólo, como dueño y señor de nuestro piso. Me dejaron unos tuppers preparados en la nevera y un mensaje muy claro que iba a cumplir.

“Prométeme que harás bondad y no traerás a nadie extraño a casa”.